Olivier Smolders
Contenido acto de excesos: el cine de Olivier Smolders
Olivier Smolders es uno de los secretos mejor guardados del cine belga. Con una carrera que se remonta a mediados de los ochenta y 19 piezas en su haber, quizá se trate de uno de esos casos de cineasta de nicho, al haber dirigido un único largometraje de ficción en cuarenta años de trayectoria (Nuit noire, 2005). Desde luego, el lugar esquinado que ocupa hoy en el imaginario cinéfilo global no es parejo a su enorme talento.
Nacido en los estertores del Congo belga y radicado en Lieja, su formación de filólogo y su entorno familiar, con padre escultor (Michel) y hermano pintor (Quentin), se hacen notar desde sus primeros cortometrajes, que habitualmente parten de fuentes literarias y tienen un acusado componente pictórico. Sus temas son muy diversos, aunque algunos como la espiritualidad, la violencia, la locura, la memoria o el erotismo se repiten con frecuencia. Se le cita todavía hoy en muchos textos como un cineasta sobrio, con una puesta en escena rigurosa y bellas composiciones en blanco y negro. La descripción se antoja tan cierta como superficial o, cuando menos, parcial y quizá se deba al éxito de su obra temprana.
Con uno de sus primeros cortos, Adoration (1987), recorrió infinitud de festivales en todo el mundo, y su díptico formado por La philosophie dans le boudoir y Ravissement (1991) es famoso en contextos francófonos. Pero incluso en estas bellas películas rodadas en un impoluto blanco y negro, con muy buen gusto, hay rupturas y fricciones más allá de las apariencias iniciales. Por guardar fidelidad a las palabras del propio Smolders, citaremos unas que concedió a Julien Beaunay y Julien Savès para la revista Format Court que definen de manera sintética las intenciones generales de su cine: “No sabría decir si, por ejemplo, prefiero una película de Robert Bresson o Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog. Uno es excesivo en su moderación, su minimalismo, en una especie de neutralidad —que, por cierto, no es en absoluto posible—, y el otro es excesivo en su profusión, en su exageración. Ambas formas me atraen. En el fondo, entiendo intelectualmente por qué me interesan estos dos opuestos. Porque en ambos casos cuentan algo por el simple hecho de ser excesivos, ya sea en la moderación o en la profusión. Cuentan algo sobre la relación con el mundo que evita un término medio”.
En efecto, sublime o grotesco, moderado o exagerado, el cine de Smolders en siempre muy intenso. Existe también una tensión en él entre ese pretendido buen gusto y el hecho de que se sienta atraído por depravaciones mentales, asesinos en serie, cuerpos descuartizados y sexualidad explícita. ¿Quizá cierto nivel de espiritualidad puede encontrarse en esos escenarios? Criado en una institución religiosa, en la que algunos monjes hicieron mella en él, Smolders se define como un “agnóstico disidente”, entre otros oxímoron. Es un hombre lleno de contradicciones, y su cine también, pero en estos contrastes radica su fuerza. Si en los primeros 15 años de su filmografía principalmente predominan las adaptaciones literarias y las reflexiones sobre el arte, con la llegada del nuevo siglo el belga se abre a nuevos territorios digitales y amplía sus temas, siendo portador de una filmografía tan variada en contenido y forma como en el fondo homogénea, si este otro oxímoron tiene algún sentido.
Está claro que cuenta Smolders con una mirada particular y un universo personalísimo, que se resisten a ser definidos en pocas líneas. Quizá por ello hemos decidido dividir este programa en cuatro sesiones que agrupan sus cortometrajes y, a través de textos complementarios, esperamos poder expresar mínimamente lo que es su cine, uno que ofrece pocos asideros pero resulta muy estimulante. Sin duda, para la mayoría de la cinefilia, un gran genio oculto a descubrir.